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¿Los padres podemos hacer niños temerosos y ansiosos sin darnos cuenta?

Actualizado: 1 de jun de 2019

En las últimas décadas se ha intentado comprender, a través de las investigaciones, sobre la conducta de los mamíferos humanos y no humanos, cuáles serían los mecanismos cerebrales que provocan y regulan el miedo y la ansiedad.


Tenemos claramente establecido que el miedo se produce en presencia de una amenaza inmediata e inminente, mientras que la ansiedad, que se define como un estado anticipatorio, se convoca ante una amenaza probable, remota e incierta.


Lo concreto es que ambos procesos tienen una función fundamental en la supervivencia del individuo y de la especie, pues permiten que el sujeto - ante el peligro inmediato o una amenaza inminente - estructure conductas funcionales que le permiten resolver o adaptarse a estas situaciones.


Un ejemplo claro de esto se sintetiza en aquella fotografía publicada en la primavera del año 2015, que ilustra la reacción de una niña refugiada siria ante el clic de una cámara fotográfica portada por un periodista. La respuesta conductual de la niña fue levantar las manos como si se rindiera ante la amenaza de un arma de fuego. La foto capturó el terror de la guerra en su expresión para sobrevivir, ya que la niña tuvo que aprender rápidamente sobre los peligros que amenazan la vida; además de cómo comportarse cuando los enfrenta.


Bajo este conocimiento podemos establecer la necesidad de clasificar el miedo y la ansiedad como innatos y adquiridos. Para las especies sociales, como la del ser humano, el miedo a menudo se adquiere indirectamente a través de la transmisión social. Los amplios datos de estudios en humanos y animales proporcionan evidencia de que las señales sociales modulan tanto el aprendizaje como la extinción del miedo aprendido. Los estudios muestran que la exposición a estímulos sociales de amenaza, captados a través de la visión, audición u olfato de otro individuo asustado, puede desencadenar o potenciar las respuestas de miedo, denominándose a este proceso: “contagio del miedo”. La reacción conductual al miedo por parte de otro individuo, cuando se combina con el estímulo amenazante que desencadena el temor en él, puede convertirse en un estímulo amenazante sin que medie un estímulo amenazador real. Por ejemplo, si una persona se encuentra en un concierto y ve que de pronto todos los asistentes corren hacia las puertas de salida, inmediatamente tendrá miedo de que exista una situación de peligro, así no la pueda evidenciar. Este fenómeno se denomina “aprendizaje de miedo indirecto” o “aprendizaje del miedo observacional”.


Contrariamente, los estímulos sociales también pueden mitigar el miedo indicando protección o seguridad. Por ejemplo, la presencia física de un acompañante puede atenuar las respuestas de miedo y mitigar el aprendizaje de miedo en un individuo que está sujeto a una situación de peligro. Este fenómeno se conoce como “amortiguación social del miedo”. También se ha demostrado que la presencia de un acompañante protege contra la adquisición y aumenta la extinción del miedo aprendido a través de procesos llamados “inmunización” y “extinción del miedo indirecto”, respectivamente.

Por lo antes mencionado, el contexto social juega un papel poderoso en la regulación del miedo. Los factores sociales también tienen efectos moduladores sobre la ansiedad. Además, el miedo y la ansiedad pueden transmitirse en contextos similares.


Si lo que acabamos de describir es correcto, ¿podríamos imaginarnos cómo el aprendizaje social del miedo influye sobre el ser humano es su periodo perinatal, niñez y adolescencia? Más aún, si tomamos en cuenta que son los periodos en que el cerebro esta más permeable al aprendizaje implícito (Inconsciente) y que lo que se aprende en estas etapas se constituyen en “marcas” que podrían ser imborrables en el cerebro del adulto a pesar de la plasticidad neuronal.


Por ejemplo, en roedores, la presencia de una madre asustada activa el eje hormonal que regula la respuesta a la emergencia (hipotálamo-hipófisis-glándula suprarrenal) en sus crías y provoca un aumento de la hormona de emergencia (corticosterona) y de la estructura del cerebro que regula el miedo, el estrés y la percepción del dolor (la amígdala).



En el ser humano, la dependencia del niño pequeño a los cuidadores y su alta sensibilidad asociada a las emociones de estos individuos sugieren un papel especial del aprendizaje social del miedo en la primera infancia. Él carácter definitivo de este modelamiento tendría una función adaptativa que permite a los hijos aprender temprano de los padres sobre las posibles amenazas en el mundo circundante. De hecho, estudios en humanos han demostrado que los bebés y los niños pequeños expuestos a estímulos nuevos combinados con rostros que expresan miedo aprenden a mostrar miedo ante estos estímulos.


Del mismo modo, el aprendizaje desadaptativo social y la transmisión de miedos y ansiedad, como los que ocurren en los trastornos de ansiedad como las fobias y el estrés postraumático, pueden adquirirse a través de la transmisión social, ya sea por observación o por instrucción. La transmisión intergeneracional del miedo y la ansiedad puede explicarse por varios mecanismos, incluidos los mecanismos genéticos y epigenéticos (condiciones ambientales que interaccionan con la expresión del mensaje genético). Un estudio reciente sobre hijos de gemelos encontró que la asociación entre la ansiedad de los padres y la descendencia era independiente de la carga genética,y probablemente dependía de modelamiento paterna del comportamiento ansioso y el aprendizaje social de los niños sobre la ansiedad.


Los estudios también muestran que los bebés y los niños pequeños adquieren rápidamente los temores de los padres. A esto se suma el hallazgo sobre el tratamiento clínico de la ansiedad de los padres, el cual puede prevenir la transmisión de trastornos de ansiedad entre padres e hijos. Asimismo, los modelos positivos pueden revertir el comportamiento ansioso aprendido de forma indirecta.


La sensibilidad única de un niño a los estados emocionales de los padres y la transmisión social de miedo y ansiedad resultante entre padres e hijos puede explicarse por factores del desarrollo, como la edad temprana de exposición, la dependencia de los cuidadores, la duración y la intensidad de la exposición, sin descartar lo factores genéticos.


Es resumen, la transmisión social del miedo y la ansiedad desempeña importantes funciones evolutivas de adaptación y se produce desde la vida intrauterina a lo largo de la vida de un individuo. El aprendizaje social del miedo/ansiedad en términos funcionales, generará conductas inadaptativas en el adulto que le impedirá adaptarse adecuadamente a las exigencias de su medio social. Por lo antes expuesto, es importante incorporar en la crianza la responsabilidad de los padres en establecer en sus pequeños una adecuada y proporcionada reacción ante situaciones de peligro que le permiten adaptarse a las condiciones cambiantes propias del desarrollo individual y social.


Dr. Alberto Fernandez Arana

Director Médico

Instituto de Neurociencias Aplicadas

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