¿Por qué las supersticiones persisten, aunque sepamos que no son reales?

Muchas personas saben que una superstición no tiene una base lógica y, aun así, siguen ciertos rituales cotidianos. Usan una camiseta de la suerte, evitan pasar debajo de una escalera, cruzan los dedos o prefieren no tomar decisiones importantes en una fecha que consideran de mala suerte. Este tipo de conductas no aparece solo en personas crédulas o poco informadas; también puede observarse en personas racionales, críticas y emocionalmente estables.
Desde la psicología cognitiva, esta contradicción ha sido estudiada para entender por qué algunas creencias persisten incluso cuando la persona reconoce que no tienen sentido. En investigaciones desarrolladas en la Universidad de Chicago, la psicóloga Jane Risen analizó cómo es posible detectar un pensamiento irracional y aun así permitir que influya en la conducta. Su trabajo plantea que reconocer un error no siempre implica corregirlo de inmediato.
Durante mucho tiempo se asumió que ambos procesos ocurrían juntos: primero se identifica la idea equivocada y luego se descarta. Sin embargo, los estudios de
Risen sugieren que el cerebro puede reconocer que una creencia es irracional mientras mantiene activa la intuición emocional asociada a ella. A este fenómeno lo llamó aquiescencia, que describe la tendencia a ceder ante una intuición que la persona sabe falsa, pero que de todos modos deja operar.
Eso explica por qué alguien puede decir “sé que esto no influye en nada” mientras cruza los dedos o toca madera. La mente racional reconoce el error, pero la intuición emocional sigue teniendo peso. Incluso cuando se dan todas las condiciones para pensar de forma lógica, la llamada intuición mágica puede imponerse. No porque la persona crea realmente en ella, sino porque ceder resulta emocionalmente más cómodo que resistirla.
Hay contextos donde esto ocurre con más facilidad. Por ejemplo, cuando una situación se percibe como especial o cargada de significado, o cuando el costo de ignorar la superstición parece bajo en comparación con la incomodidad de no seguirla. Por eso alguien puede reenviar una cadena aun sabiendo que no trae mala suerte no hacerlo. El acto no cuesta nada y la duda queda tranquila.
Desde la psicología y las neurociencias, esto muestra que las decisiones humanas no siempre siguen únicamente lo que una persona considera verdadero. Muchas veces también responden a lo que reduce la incomodidad emocional en un momento determinado. La superstición puede actuar como una estrategia para manejar la ansiedad, ordenar la incertidumbre y sentir cierto control cuando el entorno parece impredecible.
Por eso, decirle a alguien que una superstición es irracional no siempre basta para cambiar la conducta. Si esa creencia cumple una función emocional, primero conviene entender qué está regulando: miedo, inseguridad, necesidad de control o dificultad para tolerar la incertidumbre. Solo desde ahí puede trabajarse una respuesta más consciente y menos automática.
El trabajo de Jane Risen permite distinguir entre reconocer que una idea no tiene sentido y estar dispuesto a dejar de actuar en función de ella. Esa diferencia ayuda a comprender por qué las supersticiones pueden mantenerse aun en personas que no se consideran supersticiosas. En momentos de incertidumbre, algunos rituales ofrecen alivio inmediato, aunque la persona sepa que no modifican realmente el resultado.
Fuente científica
Risen, J. L. (2016). Believing what we do not believe: Acquiescence to superstition.Journal of Experimental Psychology: General.Universidad de Chicago.




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