El impacto silencioso de las pantallas en el cerebro de los niños
- INA

- 13 feb
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Hay momentos de la infancia que parecen pequeños, casi invisibles: un bebé mirando una pantalla mientras un adulto cocina; un dibujo animado que calma el llanto o un video que entretiene mientras pasa el día. Nada parece grave, todo se ve “natural” pero el cerebro del niño en desarrollo registra el estímulo y se imprime una huella, que puede ser inborrable.
Un estudio que siguió a niños durante más de diez años acaba de mostrar algo que vale la pena mirar con conciencia, calma raciocinio y alarma. Los investigadores han encontraron que pasar mucho tiempo frente a pantallas antes de los dos años se asocia, años después, con cambios en la forma en que el cerebro se desarrolla y con mayores niveles de ansiedad en la adolescencia.
Este estudio fue realizado por un equipo liderado por la profesora Tan Ai Peng, del Instituto A*STAR para el Desarrollo Humano y el Potencial, junto con la Universidad Nacional de Singapur. A diferencia de otros trabajos que solo son trasversales y nos dan una foto momentánea de la situación, este estudio fue de seguimiento largo y cuidadoso. Los mismos niños fueron evaluados desde la infancia hasta la adolescencia, incluyendo estudios de neuroimagen, pruebas cognitivas y evaluaciones emocionales.
Durante los primeros años de vida, el cerebro está aprendiendo cómo organizarse. Aprende a esperar, a regularse, a cambiar de foco y a adaptarse, y esto va a depender directamente del vínculo con los demás, a través de la voz que le responde y la mirada que comparte, solo serían imposible. Es el ritmo de sus cuidadores que le marca pausas y tiempos.
En los niños que estuvieron expuestos a más pantallas antes de los dos años, los investigadores observaron que ciertas redes cerebrales maduran demasiado rápido. Las áreas relacionadas con la visión y el control cognitivo se especializaron antes de tiempo, como si el cerebro hubiera sido empujado a procesar estímulos intensos sin haber construido todavía las conexiones necesarias para integrarlos con calma.
Ese desarrollo acelerado, género que, a los ocho años, estos niños tardaban más en tomar decisiones en tareas cognitivas. A los trece años, mostraban más síntomas de ansiedad, debido a que sus cerebros se organizan demasiado pronto alrededor de estímulos constantes perdiendo flexibilidad cognitiva, resultando en una menor eficiencia adaptativa.
Lo más revelador del estudio es que este efecto no apareció cuando el tiempo de pantalla ocurrió a los tres o cuatro años, sino en los primeros dos años de vida, periodo que en el que el cerebro es sensible a los estimulo generados por el vínculo con el otro.
En estudios complementarios, los mismos investigadores encontraron que cuando los padres le leían con frecuencia a sus hijos, ese impacto negativo se reducía. Al compartir una historia juntos, se consigue en el niño una reacción, escucha la voz del padre y se estimula su curiosidad provocando una pregunta, comparte una emoción. Es una experiencia viva, compartida, reguladora que desarrolla el cerebro infantil a través de lo que ve, siente, comparte y aprende.
Este estudio nos permite recordarnos que la infancia temprana es un tiempo frágil y poderoso a la vez, debido a que todo lo que estimula el cerebro del niño, aunque parezca inofensivo, puede moldear en la adultez la manera en que piensa, decide y siente.
En consecuencia, no se trate de eliminar las pantallas, sino de preguntarnos qué lugar ocupan. Sí reemplazan la presencia de otras personas, llenan silencios que podrían ser juego y aparecen antes de que el vínculo tenga tiempo de crecer, no serán saludables para el niño.
Porque antes de aprender a tocar una pantalla, un niño necesita aprender algo más básico: que hay alguien del otro lado respondiendo.
Fuente del estudio: Investigación longitudinal liderada por Tan Ai Peng y su equipo del Instituto A*STAR para el Desarrollo Humano y el Potencial, en colaboración con la Universidad Nacional de Singapur.



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