Cuando la naturaleza le enseña al cerebro a disfrutar
- INA

- hace 35 minutos
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Hay lugares que parecen bajar el volumen del ruido interno. Entrar a un bosque, escuchar el agua correr o mirar el mar puede hacer que el cuerpo empiece a soltar tensión casi sin esfuerzo. Esta sensación, que muchas personas reconocen de forma intuitiva, también se ha estudiado desde la investigación en neurociencias, especialmente por su relación con el estrés, la atención y la regulación emocional.
Desde hace siglos, distintas culturas han utilizado los entornos naturales como una forma de cuidado. En Japón, por ejemplo, existe una práctica conocida como shinrin yoku, o baño de bosque, que consiste en caminar entre árboles con atención a los sonidos, la luz, los olores y el movimiento del entorno. Durante años se entendió principalmente como una tradición cultural, pero la investigación actual empieza a explicar por qué este tipo de experiencia puede influir en el bienestar mental y corporal.
La evidencia recopilada por BrainFacts, plataforma educativa de la Society for Neuroscience, muestra que pasar tiempo en espacios naturales como bosques, parques, ríos, lagos o el mar se asocia con menor ansiedad, menos síntomas depresivos y una mejora general del bienestar emocional. Estos efectos se han observado en estudios realizados en distintos países y contextos culturales, lo que sugiere que el contacto con la naturaleza puede actuar sobre mecanismos bastante básicos del sistema nervioso.
Cuando los investigadores analizan marcadores biológicos, también encuentran cambios medibles en el cuerpo. Después de estar en contacto con entornos naturales, se han observado aumentos en los niveles de serotonina, un neurotransmisor relacionado con el bienestar, y disminuciones en los niveles de cortisol, una hormona vinculada a la respuesta al estrés. Las imágenes cerebrales apuntan en la misma dirección: algunos estudios con resonancia magnética muestran menor actividad en regiones relacionadas con el miedo y la rumiación mental, junto con una mayor activación del sistema nervioso parasimpático, que participa en el descanso, la recuperación y la regulación emocional.
La experiencia directa parece tener un efecto más amplio que la simple observación de imágenes, aunque incluso mirar paisajes naturales puede activar respuestas de calma en el cerebro. Caminar, escuchar, oler y sentir el viento o el agua permite que el cuerpo participe de manera más completa en el proceso. Por eso, los espacios naturales no solo ofrecen un cambio visual, también modifican la forma en que el sistema nervioso recibe y organiza la información del entorno.
Los llamados espacios azules, como el mar, los lagos o los ríos, parecen tener un impacto particular. Su movimiento constante capta la atención de forma suave, sin exigir un esfuerzo mental intenso, y esto puede reducir la tendencia a pensar en exceso. Además, estos entornos suelen invitar al movimiento, y la actividad física puede potenciar los beneficios sobre la salud cerebral. Algunos estudios también sugieren que los lugares donde se combinan el verde y el azul, como las costas o las riberas, podrían generar un efecto especialmente favorable, en parte por la sensación de amplitud y asombro que producen.
La exposición sostenida a entornos naturales también se ha relacionado con cambios estructurales en el cerebro, particularmente en áreas vinculadas con la memoria de trabajo, la planificación y la toma de decisiones. Este dato resulta relevante en un contexto donde la vida cotidiana está marcada por pantallas, notificaciones y estímulos constantes que mantienen al sistema nervioso en un estado de alta demanda.
Pasar tiempo en la naturaleza puede ayudar al organismo a reducir la activación sostenida del estrés y favorecer un estado más regulado. No reemplaza otros cuidados ni funciona igual para todas las personas, pero puede ser una herramienta accesible para apoyar el bienestar emocional, especialmente cuando se incorpora de forma constante en la rutina.
Fuente científica: McGurk, M. (2024). How natural spaces nourish the brain. BrainFacts, Society for Neuroscience.



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