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¿Qué le sucede a tu cuerpo cuando vives bajo estrés?

  • Foto del escritor: INA
    INA
  • hace 5 horas
  • 3 Min. de lectura

A veces creemos que el estrés es sólo una sensación mental, algo que ocurre solo en el pensamiento, pero en realidad es una reacción física completa, diseñada para ayudarnos a sobrevivir.


Según un informe de Journal of Cell Biology publicado por The Conversation, cuando percibimos exigencia o amenaza, el sistema nervioso activa una antigua alarma interna, que libera hormonas como la adrenalina, la noradrenalina y el cortisol, con el objetivo de poner el cuerpo en acción en segundos. Es lo que conocemos como respuesta de lucha o huida.


El organismo responde de en varios niveles: el corazón bombea más rápido para enviar sangre a los músculos; la respiración se vuelve más intensa para llevar oxígeno con mayor velocidad y los músculos se tensan para protegernos de una posible lesión. Todos estos cambios están dirigidos a responder de forma adaptativa a la amenaza, manteniéndonos alerta, concentrados, y listos para actuar. ¿Cuándo esta reacción se convierte en un problema?, cuando esa en vez de desactivarse, luego de revuelta la amenaza, se convierte en un estado casi permanente.


Por ejemplo, cuando el sistema respiratorio es expuesto a un estrés sostenido, la respiración se acelera, pero es superficial generando una hiperventilación. Esta sensación de falta de aire genera ansiedad, debido a que el cuerpo no distingue entre una amenaza real y una presión constante.


Bajo el mismo paraguas el sistema inmunológico, en respuesta al estrés persistente libera cortisol en demasía, suprimiendo las defensas y volviéndonos más vulnerables a infecciones y a procesos inflamatorios crónicos. Es como si el cuerpo destinará energía a estar en alerta y descuidará su capacidad de reparación.


Los músculos, por su parte, rara vez se relajan por completo cuando el estrés es continuo, sobre todo los músculos del cuello, hombros y mandíbula, produciendo un dolor persistente mal llamados “tensionales”.


En el sistema cardiovascular ocurre algo similar. En situaciones agudas, la frecuencia cardíaca y la presión arterial aumentan y luego vuelven a su nivel habitual. Sin embargo, cuando el estrés se repite día tras día, ese aumento constante puede dañar los vasos sanguíneos y elevar el riesgo de hipertensión, infarto o accidente cerebrovascular.


El metabolismo tampoco queda al margen. Desde el cerebro, el hipotálamo envía señales que impulsan la liberación de glucosa para obtener energía rápida. Es una estrategia eficaz a corto plazo. Pero si se mantiene, puede alterar el equilibrio del azúcar en sangre y aumentar el riesgo de diabetes en personas predispuestas.


El sistema digestivo también refleja esta tensión interna. Pueden aparecer acidez, dolor abdominal, hinchazón o cambios en el tránsito intestinal. Cuando estamos estresados, el cuerpo prioriza la supervivencia inmediata y deja en segundo plano procesos como la digestión.


Incluso el sistema reproductivo se ve afectado. En hombres, el estrés crónico puede alterar la producción de testosterona y esperma. En mujeres, puede modificar el ciclo menstrual y aumentar los síntomas premenstruales. El organismo interpreta que no es momento de invertir energía en funciones reproductivas cuando percibe amenaza constante.


No debes olvidar que el ciclo sueño vigilia, también puede verse afectado debido a dificultades para conciliar el sueño ante el estrés prolongado. Sin descanso suficiente, se resienten la atención, la memoria y la capacidad de aprendizaje. La irritabilidad aumenta, el ánimo se vuelve más inestable y la sensación de cansancio se instala.


A esto se suma algo más sutil. Cuando el estrés se vuelve difícil de manejar, algunas personas recurren a estrategias que ofrecen alivio inmediato pero consecuencias a largo plazo, como el exceso de alcohol, el tabaco o el consumo de sustancias. Son intentos de regular un sistema que se siente desbordado.


El estrés en pequeñas dosis puede ayudarnos a rendir mejor, a enfocarnos, a movilizar energía. El cuerpo está preparado para activarse y luego volver al equilibrio. Lo que desgasta es la activación constante sin recuperación. Por lo tanto, regular el estrés implica notar las señales físicas a tiempo, bajar el ritmo de la respiración cu cando se acelera, respetar el descanso y buscar apoyo cuando la carga supera lo que puedes manejar solo.


El cuerpo habla con claridad cuando está bajo presión. Escucharlo a tiempo es una forma de cuidado. Porque el estrés forma parte de la vida, pero no está diseñado para dirigirla permanentemente.



Fuente del estudio: The Conversation. ¿Qué le sucede a tu cuerpo cuando estás estresado?” (consultado el 7 de agosto de 2017)

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