Distanciamiento social y convivencia familiar: ¿A qué nos enfrentamos?

En tiempos actuales, el distanciamiento social no es solo una obligación, sino también una muestra de solidaridad, porque quien hoy decide cuidarse, cuida a los demás. En este contexto, evitar un beso, no dar un abrazo o no tener una conversación cara a cara es una prueba de amor y cuidado. ¿Pero qué precio tenemos que pagar por esta prueba?


Las estructuras sociales que construimos como especie evolucionan de la mano de los mecanismos neuronales, hormonales, genéticos y moleculares que le dan soporte. Es así que, al igual que el dolor físico nos alerta sobre una posible agresión; el sentimiento desagradable de la soledad nos anima a buscar compañía. Esto explica que presentemos una aversión al aislamiento y un deseo constante de acercarnos y conectar con los otros.


Por este motivo, las relaciones sociales están vinculadas a la salud física y mental, pues el aislamiento social y la soledad influyen decisivamente en el bienestar y la calidad de vida de las personas. Una red social satisfactoria promueve comportamientos y hábitos saludables; mientras que la soledad y el aislamiento aumentan el riesgo de sedentarismo, tabaquismo, consumo excesivo de alcohol y alimentación inadecuada.



Esto explica por qué la rigidez de este tipo de medidas afecta de manera significativa tanto a niños como a adultos, quienes se enfrentan a la pérdida de libertad, la incertidumbre y el aburrimiento. Sin embargo, hoy por hoy, el verdadero desafío que se nos presenta es entender el significado de quedarse en casa en tiempos en los que la rutina y el reloj nos han alejado de esta concepción. Por ello, el distanciamiento social más allá de representar un desafío de la capacidad que tenemos de estar con nosotros mismos, ha empezado a constituirse en un desafío a nuestra capacidad de compartir con aquellos con quienes, aunque suene paradójico, nos hemos olvidado de compartir: la familia.


El reto es duro. Al principio nos parecerá divertido, porque veremos una oportunidad para descansar de la rutina diaria. Sin embargo, a medida que pasan los días, nos invadirá la incertidumbre sobre cuánto tiempo durará esta medida. En casa, se mezclarán los miedos y ansiedades de cada miembro del hogar; se afectará la convivencia porque la situación obliga a cambiar drásticamente de ritmo. En el caso de los padres, este contexto los llevará a adaptar diferentes roles, porque tendrán que ejercer de cuidadores, maestros y compañeros de juego. En el caso de los niños, deberán encontrar formas de divertirse dentro de casa, mientras le hacen frente a sus deberes escolares. Los hermanos, por su parte, tendrán que aprender a compartir espacios y tiempo.



¿Qué podemos hacer ante esto? Identifiquemos qué es lo que más nos funciona. Para algunos, mantener una rutina parecida a la de la vida cotidiana los ayuda, a otros les funciona dedicarse a aquellas cosas que generalmente posponen, precisamente, por falta de tiempo. Ayudémonos entre todos, establezcamos rutinas, respetemos los espacios, sin que eso nos lleve al distanciamiento y, finalmente, entendamos las adversidades como oportunidades de cambio. Los niños necesitan sentirse seguros y protegidos, adaptándose a las nuevas circunstancias y a los cambios que se van produciendo en las rutinas que los padres van ajustando. Fomentemos los vínculos familiares y ayudaremos a cohesionar el manejo de las emociones. La pandemia del coronavirus nos ha recordado que la conexión humana puede propagar enfermedades, pero es esta misma conexión el motor más poderoso de bienestar de los seres humanos, siendo irremplazable e incuestionable.


Lic. Giomy Riveros Arenas

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