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¿Afecta al niño la depresión de la madre en el embarazo?

Actualizado: 12 de feb de 2019


Es conocido que el embarazo constituye un factor de riesgo para sufrir depresión. Se calcula que más del 10% de mujeres gestantes experimentan síntomas de depresión y que 3% de ellas hacen el trastorno completo. En las gestantes adolescentes esta proporción se eleva a 17%.




Pero, ¿cuáles son los factores que predisponen más a sufrir esta alteración en una etapa tan importante de la vida para la madre y el niño? No nos debe sorprender que sean las situaciones de estrés social las mayoritariamente responsables de una incidencia tan alta de depresión. El embarazo no deseado, la soltería, la violencia doméstica, el poco apoyo social y el bajo nivel socioeconómico se presentan como factores preponderantes para ejercer un desequilibrio en el estado de ánimo de la gestante.


La depresión en las madres gestantes tiene características clínicas particulares que pueden diferenciarlas de cualquier otro grupo etario. Por ejemplo, la alta incidencia de síntomas corporales, como dolor de cabeza, malestar general, sensación de falta de aire, sensación de opresión en el pecho, dolores osteomusculares, pérdida o aumento del apetito, etc. Sumado a esto un alto riesgo de conductas suicidas que en gestantes adolescentes podría llegar al 20%. No es raro que, en el Reino Unido, la causa más frecuente de muerte materna sea justamente el suicidio.


Entonces, ¿es posible que el estado mental de la madre afecte al desarrollo del niño dentro del útero? Definitivamente sí. Está claramente demostrado que la depresión en las madres gestantes genera en su cuerpo sustancias que se producen en la situación de estrés permanente producto de esta condición, como hormonas de emergencia (corticoides, noradrenalina, etc.), que atraviesan la barrera placentaria e inciden directamente sobre el desarrollo del niño. Las alteraciones más evidentes que podrían erróneamente no relacionarse con la depresión son el parto prematuro, el bajo peso al nacer y talla pequeña del feto para la edad de gestación. Además estas sustancias alteran el desarrollo estructural y funcional del cerebro que, posteriormente, en la niñez y adolescencia, podrían expresarse a través de alteraciones de la conducta y de la función cognitiva.





Luego del nacimiento, los niños de madres deprimidas durante la gestación podrían presentar en la edad preescolar y escolar conductas disruptivas y/o desorganizadas, problemas de aprendizaje, alteración de la atención y la concentración, terrores nocturnos, marcada ansiedad, entre otras manifestaciones. En la adolescencia, el riesgo de que estos jóvenes tengan depresión es cinco veces mayor que los jóvenes que fueron concebidos por madres no deprimidas. Además, estos adolescentes tienen un mayor riesgo de tener conductas delictivas.


Por lo antes señalado, existe la necesidad de que la madre gestante goce de una salud mental adecuada y acorde con la importancia trascendental de traer una nueva vida al mundo. Esto transita por la necesidad de un afrontamiento preventivo de parte de los entes responsables de la protección del binomio madre-niño; de una revaloración de la familia y la importancia de su rol orientador y protector del proceso gestacional, así como de la vital importancia de la presencia del padre como corresponsable en la misión de proveer una vida sana para sus hijos.


Con respecto a los servicios de salud, considerar que la gestación es un proceso natural que no amerita más intervención que el de la observación y conservación de la salud de la madre y el niño y que el parto natural (vaginal) y la lactancia son componentes fundamentales del proceso del nacimiento y desarrollo del niño y son base de la construcción de un vínculo sólido y productivo con los padres, la familia y la sociedad.


Dr. Alberto Fernandez Arana


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